OPINIÓN | Quienes protegen nuestras calles merecen ser reconocidos como profesión de riesgo

España vuelve a llorar la muerte de agentes de la Guardia Civil en acto de servicio.


Detrás de cada uniforme hay padres, madres, hijos, compañeros y familias enteras que viven cada jornada con la incertidumbre de no saber si sus seres queridos regresarán a casa después de trabajar.


Porque ser Guardia Civil o Policía Nacional no es hoy una profesión cualquiera.


Es asumir diariamente un riesgo real.


Durante años, muchos agentes han desarrollado su labor en condiciones cada vez más complejas: narcotráfico, persecuciones, violencia organizada, armas, delincuencia cada vez más agresiva y situaciones límite que ponen constantemente en peligro sus vidas.


La realidad de la seguridad en España ha cambiado y el reconocimiento institucional debe cambiar con ella.


Por eso resulta incomprensible para gran parte de la sociedad que tragedias como la ocurrida recientemente en Huelva puedan terminar reducidas administrativamente a un simple accidente laboral. 


 La sociedad española sabe perfectamente que quienes patrullan nuestras carreteras, barrios y costas no desempeñan un trabajo ordinario. Arriesgan su vida para proteger la nuestra.


No hablamos únicamente de estadísticas o informes. 


 Hablamos de personas que salen de casa sin garantías de volver.


Hablamos de agentes que intervienen en persecuciones, operativos contra el narcotráfico, controles de seguridad o actuaciones violentas donde un error puede costarles la vida.


Mientras gran parte de Europa ya reconoce a sus fuerzas de seguridad como profesiones especialmente peligrosas, en España este debate continúa pendiente.


Y quizá haya llegado el momento de afrontarlo con seriedad, responsabilidad y sentido común.


Reconocer a Guardia Civil y Policía Nacional como profesión de riesgo no es un privilegio.


Es un acto de justicia.


Es reconocer el desgaste físico y psicológico que soportan miles de agentes.


Es proteger mejor a sus familias.


Y también es enviar un mensaje claro a quienes cada día se colocan un uniforme para defender el orden y la seguridad de todos.


La sociedad española siempre responde cuando ocurre una tragedia: homenajes, minutos de silencio, aplausos y banderas a media asta. 


 Pero el verdadero respeto no debe quedarse solo en las palabras o en las emociones del momento.


Debe traducirse también en hechos, protección y reconocimiento institucional.


Porque quienes protegen nuestras calles, nuestras fronteras y nuestras familias merecen algo más que condolencias.


Merecen el respaldo firme de todo un país.


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